La Ley 535 de 2026 ha generado un intenso debate sobre las consecuencias legales del fraude de paternidad.
Mentir al momento de identificar al padre de un hijo es un fenómeno que no distingue raza ni clase social. Ha ocurrido en todos los sectores de la sociedad.
Más allá de las sanciones que contempla la ley, existe una reflexión que debemos hacer: el valor de la verdad en la construcción de la identidad de los hijos.
Traer un hijo al mundo debería ser uno de los actos de mayor responsabilidad y amor que puede asumir una persona, responsabilidad que no termina con el nacimiento ni se limita a garantizar un apellido o una pensión alimenticia. Implica también proteger la estabilidad emocional y psicológica de quien dependerá de sus padres.
Imaginemos por un momento lo que significa para un niño, niña o adolescente descubrir que la persona a quien llamó papá, la familia que creyó propia y el entorno con el que construyó sus recuerdos dejan de ocupar el lugar que siempre pensó que tenían en su historia personal. Tener que explicar que el apellido que siempre ostentó ya no es el suyo y reconstruir una parte importante de su identidad.
La identidad no es solo un apellido ni una pensión alimenticia. Es vínculos biológicos, afectivos, psicológicos y emocionales. Es confianza, pertenencia y estabilidad.
Mentir sobre ello genera dolor, pérdida emocional y confusión.
Mucho se debate sobre aquellos hombres que se niegan a reconocer a sus hijos o incumplen sus obligaciones parentales, frente a las madres que atribuyen la paternidad de un hijo a quien no es su padre biológico. Las dos conductas están muy mal.
Lo cierto es que la existencia de una irresponsabilidad no justifica ni legitima otra.
Pero lo cierto es que, tanto el abandono paterno como el fraude de paternidad terminan afectando a quien menos responsabilidad tiene en la situación: el hijo.
A esta ley yo la habría titulado “Fraude de identidad”, porque más allá de las opiniones que cada persona pueda tener sobre ella, lo verdaderamente importante es recordar que quien paga el precio más alto por el abandono de un padre o por la mentira de una madre es el niño.
Es el niño quien pierde la historia familiar con el que creyó era su padre y quien queda expuesto a la inestabilidad que produce que su madre tenga que enfrentar consecuencias penales de su mentira.
Al final, las disputas y decisiones de los adultos pasan. Las consecuencias para los hijos permanecen toda la vida. Y eso es algo que nunca deberíamos perder de vista.
Autora: Kathia Bedoya
Abogada de Familia | Experiencia | Criterio | Perspectiva
© Kathia Bedoya.
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